11.12.09

TROPICALIA

Emiliano Valdés M.


El centenario del nacimiento del etnólogo francés Claude Lèvi-Strauss en noviembre de 2008, representó el pico de un renovado interés por los estudios etnográficos y antropológicos sobre el hemisferio sur, y en particular sobre América Latina. En ese marco, un nuevo interés por lo tropical y antropofágico, se venía gestando en el ámbito del arte contemporáneo desde finales del siglo XX, quizás desde que en 1998 el tema de uno de los núcleos centrales de la Bienal Internacional de Sao Paulo fue, precisamente, el de Antropofagia. Con aquel término, en 1929 Oswald de Andrade, no sólo le dio una estructura teórica al arte moderno brasileño sino, y sobre todo, atisbó los orígenes de un movimiento que habría de cambiar la forma en que el continente se relacionaba consigo mismo. De hecho, el Manifiesto Antropófago, sentó las bases para una modernizada idea del canibalismo y de la hibridación -diríamos hoy- de las teorías y las prácticas culturales europeas de la época, en función de un régimen de cambio constante, y de la aceptación de las influencias como materia prima complementaria de una reinvención que emergía desde dentro, es decir, desde lo local. 


Paulatinamente se genera más de un movimiento (la semana del 22 y Tropicalia, por nombrar poco y atropellado) cuyos propósitos, manifiestos o subyacentes eran, precisamente, reivindicar los valores locales en función de la renovación y la creación de una conciencia de lo propio. Desde entonces, lo tropical se ha configurado como inquietud constante de la identidad latinoamericana, mientras su exploración por Occidente, sufre altos y bajos, meciéndose al ritmo de las mareas que nos golpean bajo su influencia. No obstante, a partir de noviembre de 2008, en ocasión de la reedición de las obras completas de Lèvi-Strauss, los esfuerzos y el interés por intentar de nuevo la comprensión de todo un hemisferio parecen encontrar nuevos surcos, y en el plano artístico, los ejemplos abundan. Actualmente, una serie amplia de muestras importantes y trabajos artísticos exploran la identidad latinoamericana a partir de algunos de sus tópicos característicos y recurrentes: las migraciones, la experimentación, lo “latino” y, por supuesto, lo tropical.


Así, entender desde dentro lo que esto significa, evaluar cómo se da forma a la identidad en función de una categoría tan elocuente como lo tropical, ha sido uno de los centros de interés de la antropología latinoamericana durante los últimos cien años. Las expectativas sobre nuestra presunta tropicalidad son muchas y a menudo tenaces, y es a ellas a las que debemos responder. Y el arte, como uno de los terrenos más fértiles de experimentación sobre temas sociales, no está exento de esas expectativas.


Si en algún momento los motivos de la producción artística local se basaron en imágenes vinculadas, precisamente, a la idea de un paraíso perdido (naturalezas muertas con loros y papayas, indios, zambos o negros bailando alguna danza exótica…), en el posmodernismo esas expectativas cambian: el arte latinoamericano tiene que ser de denuncia política, tiene que abordar la violencia, las migraciones y la pobreza, porque eso es el trópico ahora. En Guatemala, Moisés Barrios ha hecho de esto, y de mucho de lo que significa, la raison d’être de gran parte de su obra. Afortunadamente, ha sabido hacerlo con las herramientas adecuadas, para introducir en esos esquemas contradicciones que funcionan como un virus que destruye las conclusiones apriorísticas sobre lo que somos y no somos. 


Y esto nos conduce a los tristes trópicos: pero la relación del trabajo de Barrios con el de Lèvi-Strauss va más allá de algunos nombres compartidos (desde hace años, el pintor lleva a cabo una serie de trabajos con el nombre de la obra cumbre del antropólogo). Subyace en ambos, además de una intención reveladora de lo axiomático, una melancolía por lo que no se ha vivido, o una nostalgia de lo que no ha de volver, que replantea el acercamiento al trópico: siempre exuberante, siempre colorido, siempre palmeras, playa y merengue. Lo interesante de este gesto nominal (mucho de su trabajo cierra el círculo en el título), es precisamente la ironía con las que Barrios ha sabido investirlo. Si bien es cierto que ‘Tristes trópicos’ era una serie de colores intensos, un conjunto de imágenes desasosegantes, también lo es que remitían más a una civilización en decadencia que a una tierra inexplorada. Por su parte, ‘Tropicalia’ recoge –o reinventa– las imágenes de Pacífico Sur en escala de grises, y contradice toda posible asociación con el trabajo homónimo del pintor brasileño Helio Oiticica que dio origen al movimiento músico-interdisciplinario que lo habría de seguir.


En una suerte de apropiación y superposición voluntaria de conceptos, acercamientos e incluso estados de ánimo, Barrios le confiere a esta última serie, mediante una paleta extremadamente restringida, una cualidad tristemente poética, casi onírica, apesadumbrada. Defraudando las expectativas de color (o “colorido”), y no apegándose a las cuotas de la agenda política que debería representar, su obra se mece entre la habilidad técnica y el juego nominal/conceptual. Y es justamente tal contradicción, la que se produce entre contenido y representación, la que abre posibilidades infinitas, no sólo de asociación (con Oiticica, de Andrade y Lèvi-Strauss, entre otros) sino de exploración de la propia percepción sobre esta –nuestra– parte del mundo, intermitentemente relegada a un segundo plano, convertida en cliché y t(r)ópico. 


Las imágenes reposadas de una latitud rica y exuberante dan paso a instantáneas de un Pacífico distante, como retratado a través del lente de un hábil fotoperiodista que evalúa daños tras un huracán. En ‘Tropicalia’ hay un halo de desolación y destrucción, como si fuera una premonición de lo que le habría de suceder a ese trópico intenso bajo nuestra desidia, nuestra indiferencia. Porque el Pacífico nunca ha sido el océano privilegiado: no es el que nos comunica con Occidente, es decir, con aquellos con los que de Andrade quiso dialogar. Más bien nos remite a mundos más lejanos, más distintos, y quizás por lo mismo, más cercanos a nosotros mismos. Pero acaso este sea el siglo del Sur. Del Pacífico Sur (el de la China y Oriente, sin duda), y esa posible relación con un otro inusual, le atribuye a este trabajo un gesto también antropológico. 


Además, las obras de ‘Tropicalia’ reivindican un territorio que, a decir verdad, nunca fue lugar de descanso y veraneo, como en Europa. El propio Moisés Barrios hizo contacto con éste tardíamente, y lo hizo, como ya dijimos, con un poco de nostalgia imposible, de aquella de lo que no se ha vivido. A través de sus obras, y en una operación asociada a la relación con lo desconocido -y con un escrutinio de las propias certezas-, el artista lleva a cabo una revisión ulterior y un cuestionamiento sobre los valores y las formas de la tropicalidad, que desafían las expectativas que se tienen de esta región. En el arte, en la vida. 


 Hélio Oiticica: El cuerpo del color en la Tate Modern; Tarsila do Amaral en Caixa Galicia; Visionarios – Audiovisual en Latinoamérica en el Reina Sofia, por nombrar sólo algunas.




ÓLEOS Y ACUARELAS, SERIE TROPICALIA 2009


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