Viejo muelle del Puerto de San José.
3.12.10
ALTO CONTRASTE
COLABORACIONES
20.9.10
Taller Cutout 2, Guatemala agosto 2010
Ciclo de talleres de iniciación y profesionalización de gráfica organizados por el TEG.
Proceso del Taller:
-Fotografía Digital
-Manipulación de imágenes digitales
-Transferencia de copia Xerox sobre madera
-Grabado con gubias y estampación






Proceso del Taller:
-Fotografía Digital
-Manipulación de imágenes digitales
-Transferencia de copia Xerox sobre madera
-Grabado con gubias y estampación
Grabado Escenográfico
Cielos de Guatemala…
El proyecto Cielos de Guatemala fue expuesto por primera vez en el marco del festival Octubre Azul, en 2000. Consistía en una serie de diez acuarelas que fueron colocadas en distintas vitrinas de almacenes de la sexta avenida de la zona uno. El festival tenía como propósito estimular expresiones de arte urbano. La ciudad, y específicamente el Centro Histórico, fue el escenario para exponer formas del arte contemporáneo en espacios no tradicionales.
Las acuarelas, colocadas entre las caóticas exhibiciones de aparatos electrodomésticos, zapatos, telas, bicicletas y otros artículos de consumo estridente, resultaban como un sutil gesto de evocación de los cielos de este país, atrapado en una paradoja que suma belleza natural y violencia extrema. Como posibilidad de reflexión, cada acuarela abría una ventana y apuntaba esa frase recurrente que explica la melancolía colectiva de nuestro país: lástima que el clima no gobierna Guatemala.
El viejo muelle del puerto
Méndez Vides, Guatemala 2010.
A Moisés Barrios no le gusta la repetición, se sacude de lo igual como de una carga extraña, y cada vez que arranca con una nueva serie creativa pareciera que está negando todo lo ya realizado. Ha incursionado en lo simbólico, en lo imaginario y en lo real, variando técnicas y materiales, pero sólo se siente a gusto en el devenir, renovado y descubriendo nuevas perspectivas plásticas del mundo. Sus cuadros son el lenguaje que relaciona su propia interioridad con la exterioridad que le ha correspondido, abiertamente expresado como un diálogo en voz alta. Las pinturas de Moisés entristecen, impresionan, golpean al espectador, porque están vivas y hablan.
En su maduración como artista se ha venido consolidando en la búsqueda de momentos reales significativos, para lo cual acude a la acuarela como recurso vital, en tanto es congruente con la velocidad y permite aprisionar el instante. Hace más de una década expuso Iztapa, donde el motivo central era la gente en la playa, esa multiplicidad de seres anónimos que visitan el mar como fantasmas contingentes ante la experiencia de lo sublime, visitantes efímeros de la inmensidad del mar, que se aproximan al infinito y ahí se esfuman o integran. La visión era colorida, mágica, donde se presentía el entusiasmo del pintor ante la presencia de los seres vivos captados en lo suyo. Sus personajes trabajaban, pescaban, se divertían o comerciaban, en la representación de un mercado activo, de día y bullicioso. Moisés estaba asumiendo la realidad de la vida de los otros, y los atrapaba en sus pinturas como seres pasajeros tan inmensos como el mar o la arena.
En la actualidad, Moisés Barrios ha regresado al Océano Pacífico pero con otra mirada, más introspectiva pero siempre realista, recurriendo nuevamente a la acuarela. Y su tema es el viejo muelle del puerto de San José, donde lo que impresiona ya no son los pequeños seres mortales ni sus instrumentos de vida, sino el tiempo que queda fijo en las cosas y sus huellas.
Moisés ahora nos plantea una visión reposada del paisaje matutino o vespertino, de cielo generalmente despejado, sin nubes, o enteramente nublado, de fondo blanco percudido sobre el gris abismal de la arena oscurecida por las huellas de quienes la recorrieron antes. El horizonte es la línea donde se encuentran el cielo pálido y el azul de la profundidad del océano. En estos cuadros la excepción a la regla es la borrasca, aunque en su visión pacífica lo que retrata sea el efecto de fin de fiesta, de tormenta a posteriori. Evita las horas de sol y calor, las de gente llenando la playa. Le atraen los momentos de soledad, sin el fastidio del ruido, sin apariencias. El mayor contenido de movimiento lo expresa la marea que sube y baja con la espuma de las olas sin fuerza que agonizan en la playa.
La presencia humana es escasa, casi inexistente, muy limitada en algunos casos o reducida a la distancia del gesto, a la sombra, aunque su ausencia evidencia la existencia pasada. Hay escasos bañistas captados a lo lejos, retirados, algunos niños que corren con el chucho en lo que parece ser su morada cotidiana, ajenos al espectáculo del mar, o se expone los instrumentos de trabajo sin los actores, como la carreta de granizadas, o las figuras humanas como sombras junto a los puestos de comida callejera, donde lo que sobresale son las sombrillas y sillas plásticas. La mirada de las escasas figuras humanas se pierde en el infinito.
Lo que se exhibe con toda fuerza son los restos del muelle aún en pie, con su madera floja, dañada, pero aún resistiendo el embate de las olas, el viento y la lluvia, como memoria de los héroes de la tragedia griega, resistiendo toda adversidad. La estructura es humana, es vieja, y por lo tanto nos enfrenta a lo vivencial y al tiempo, que aparece subordinado al pasado, a lo hecho, a la vejez, al olvido.
En medio de la ruina del muelle, el artista exhibe los trofeos de la pesca, como un negocio de cuerpos sin vida (pescados grises) y otros que aún son peces pero están agonizando (con destellos rojos), colgando cabeza para abajo en el primer plano, ante el fondo de la estructura endeble que cruje.
Los detalles de las uniones de la estructura del muelle evocan la fortaleza y los restos o cenizas del pasado, embargados de mar, de sal, de herrumbre, de arena y tiempo. Las impresiones son equivalentes a apreciar el retrato de trabajadores viejos, que no están pero los presentimos. No se muestra la acción del trabajo sino su resultado en el paso de la vida. El oficio del artista apunta a interpretar en cada detalle real su significado y trascendencia.
En esta nueva serie marítima de Moisés Barrios, enfrentamos la realidad desde el lado gris y las huellas, donde se consuma la representación de lo dicho o lo sido, como la revelación de la necesidad de alejarnos del bullicio para escarbar como arqueólogos en las señas de identidad de nuestra nacionalidad.
A Moisés Barrios no le gusta la repetición, se sacude de lo igual como de una carga extraña, y cada vez que arranca con una nueva serie creativa pareciera que está negando todo lo ya realizado. Ha incursionado en lo simbólico, en lo imaginario y en lo real, variando técnicas y materiales, pero sólo se siente a gusto en el devenir, renovado y descubriendo nuevas perspectivas plásticas del mundo. Sus cuadros son el lenguaje que relaciona su propia interioridad con la exterioridad que le ha correspondido, abiertamente expresado como un diálogo en voz alta. Las pinturas de Moisés entristecen, impresionan, golpean al espectador, porque están vivas y hablan.
En su maduración como artista se ha venido consolidando en la búsqueda de momentos reales significativos, para lo cual acude a la acuarela como recurso vital, en tanto es congruente con la velocidad y permite aprisionar el instante. Hace más de una década expuso Iztapa, donde el motivo central era la gente en la playa, esa multiplicidad de seres anónimos que visitan el mar como fantasmas contingentes ante la experiencia de lo sublime, visitantes efímeros de la inmensidad del mar, que se aproximan al infinito y ahí se esfuman o integran. La visión era colorida, mágica, donde se presentía el entusiasmo del pintor ante la presencia de los seres vivos captados en lo suyo. Sus personajes trabajaban, pescaban, se divertían o comerciaban, en la representación de un mercado activo, de día y bullicioso. Moisés estaba asumiendo la realidad de la vida de los otros, y los atrapaba en sus pinturas como seres pasajeros tan inmensos como el mar o la arena.
En la actualidad, Moisés Barrios ha regresado al Océano Pacífico pero con otra mirada, más introspectiva pero siempre realista, recurriendo nuevamente a la acuarela. Y su tema es el viejo muelle del puerto de San José, donde lo que impresiona ya no son los pequeños seres mortales ni sus instrumentos de vida, sino el tiempo que queda fijo en las cosas y sus huellas.
Moisés ahora nos plantea una visión reposada del paisaje matutino o vespertino, de cielo generalmente despejado, sin nubes, o enteramente nublado, de fondo blanco percudido sobre el gris abismal de la arena oscurecida por las huellas de quienes la recorrieron antes. El horizonte es la línea donde se encuentran el cielo pálido y el azul de la profundidad del océano. En estos cuadros la excepción a la regla es la borrasca, aunque en su visión pacífica lo que retrata sea el efecto de fin de fiesta, de tormenta a posteriori. Evita las horas de sol y calor, las de gente llenando la playa. Le atraen los momentos de soledad, sin el fastidio del ruido, sin apariencias. El mayor contenido de movimiento lo expresa la marea que sube y baja con la espuma de las olas sin fuerza que agonizan en la playa.
La presencia humana es escasa, casi inexistente, muy limitada en algunos casos o reducida a la distancia del gesto, a la sombra, aunque su ausencia evidencia la existencia pasada. Hay escasos bañistas captados a lo lejos, retirados, algunos niños que corren con el chucho en lo que parece ser su morada cotidiana, ajenos al espectáculo del mar, o se expone los instrumentos de trabajo sin los actores, como la carreta de granizadas, o las figuras humanas como sombras junto a los puestos de comida callejera, donde lo que sobresale son las sombrillas y sillas plásticas. La mirada de las escasas figuras humanas se pierde en el infinito.
Lo que se exhibe con toda fuerza son los restos del muelle aún en pie, con su madera floja, dañada, pero aún resistiendo el embate de las olas, el viento y la lluvia, como memoria de los héroes de la tragedia griega, resistiendo toda adversidad. La estructura es humana, es vieja, y por lo tanto nos enfrenta a lo vivencial y al tiempo, que aparece subordinado al pasado, a lo hecho, a la vejez, al olvido.
En medio de la ruina del muelle, el artista exhibe los trofeos de la pesca, como un negocio de cuerpos sin vida (pescados grises) y otros que aún son peces pero están agonizando (con destellos rojos), colgando cabeza para abajo en el primer plano, ante el fondo de la estructura endeble que cruje.
Los detalles de las uniones de la estructura del muelle evocan la fortaleza y los restos o cenizas del pasado, embargados de mar, de sal, de herrumbre, de arena y tiempo. Las impresiones son equivalentes a apreciar el retrato de trabajadores viejos, que no están pero los presentimos. No se muestra la acción del trabajo sino su resultado en el paso de la vida. El oficio del artista apunta a interpretar en cada detalle real su significado y trascendencia.
En esta nueva serie marítima de Moisés Barrios, enfrentamos la realidad desde el lado gris y las huellas, donde se consuma la representación de lo dicho o lo sido, como la revelación de la necesidad de alejarnos del bullicio para escarbar como arqueólogos en las señas de identidad de nuestra nacionalidad.
7.7.10
EL VIEJO MUELLE DEL PUERTO DE SAN JOSÉ
Estas pinturas son parte de una serie reciente de óleos y acuarelas, producto de andadas que por muchos años he realizado por la costa del Pacífico guatemalteco. A través de estos incesantes paseos, he buscado imágenes que sugieran haikus, tal y como en el antiguo Japón lo hizo el poeta Masho Basho. Durante uno de estos viajes inició mi obsesión por las ruinas del muelle del puerto de San José. Con mi cámara digital de bolsillo comencé a acercarme a su vieja, oxidada y grandiosa estructura construida aproximadamente en 1880. Fui descubriendo desde ángulos forzados la perspectiva siniestra y hermosa de estas ruinas metálicas. El color rojizo oxidado, en su estructura típica de la Revolución Industrial, acompañaba la fe en el progreso con la construcción de trenes, puentes y muelles de hierro. Estas imágenes dispararon el recuerdo a la obra gráfica de Gianbatista Piranesi, un arquitecto veneciano que en 1700 registró las ruinas de la antigua Roma, con una serie de vistas con perspectivas monumentales. Piranesi las grabó de manera insuperable, al aguafuerte y sobre planchas de cobre.
En cada regreso al muelle, mis charlas con los pescadores, fotógrafos ambulantes y habituales bañistas han enriquecido mi aprecio por ese viejo monumento descuartizado. Me cuentan que, por las noches, poco a poco, van desapareciendo distintos fragmentos del muelle. Son robadas para venderlas como chatarra. No ha desaparecido del todo porque aun es un atractivo del tradicional paseo del turismo local. A través de la imagen del muelle y su paulatina desaparición, resulta fácil hablar del fracaso de nuestra modernidad. No obstante, nuestra visión resulte diferente a la del progreso en el mundo desarrollado.
A través de este tipo de reflexiones, van apareciendo los fragmentos del muelle. Cada uno es un haiku de lo insondable en la memoria del ser humano. Son el resumen de sus expectativas impresas en las construcciones del pasado y borradas a través de la melancólica figura de sus ruinas futuras…
9.4.10
Suscribirse a:
Entradas (Atom)