Méndez Vides, Guatemala 2010.
A Moisés Barrios no le gusta la repetición, se sacude de lo igual como de una carga extraña, y cada vez que arranca con una nueva serie creativa pareciera que está negando todo lo ya realizado. Ha incursionado en lo simbólico, en lo imaginario y en lo real, variando técnicas y materiales, pero sólo se siente a gusto en el devenir, renovado y descubriendo nuevas perspectivas plásticas del mundo. Sus cuadros son el lenguaje que relaciona su propia interioridad con la exterioridad que le ha correspondido, abiertamente expresado como un diálogo en voz alta. Las pinturas de Moisés entristecen, impresionan, golpean al espectador, porque están vivas y hablan.
En su maduración como artista se ha venido consolidando en la búsqueda de momentos reales significativos, para lo cual acude a la acuarela como recurso vital, en tanto es congruente con la velocidad y permite aprisionar el instante. Hace más de una década expuso Iztapa, donde el motivo central era la gente en la playa, esa multiplicidad de seres anónimos que visitan el mar como fantasmas contingentes ante la experiencia de lo sublime, visitantes efímeros de la inmensidad del mar, que se aproximan al infinito y ahí se esfuman o integran. La visión era colorida, mágica, donde se presentía el entusiasmo del pintor ante la presencia de los seres vivos captados en lo suyo. Sus personajes trabajaban, pescaban, se divertían o comerciaban, en la representación de un mercado activo, de día y bullicioso. Moisés estaba asumiendo la realidad de la vida de los otros, y los atrapaba en sus pinturas como seres pasajeros tan inmensos como el mar o la arena.
En la actualidad, Moisés Barrios ha regresado al Océano Pacífico pero con otra mirada, más introspectiva pero siempre realista, recurriendo nuevamente a la acuarela. Y su tema es el viejo muelle del puerto de San José, donde lo que impresiona ya no son los pequeños seres mortales ni sus instrumentos de vida, sino el tiempo que queda fijo en las cosas y sus huellas.
Moisés ahora nos plantea una visión reposada del paisaje matutino o vespertino, de cielo generalmente despejado, sin nubes, o enteramente nublado, de fondo blanco percudido sobre el gris abismal de la arena oscurecida por las huellas de quienes la recorrieron antes. El horizonte es la línea donde se encuentran el cielo pálido y el azul de la profundidad del océano. En estos cuadros la excepción a la regla es la borrasca, aunque en su visión pacífica lo que retrata sea el efecto de fin de fiesta, de tormenta a posteriori. Evita las horas de sol y calor, las de gente llenando la playa. Le atraen los momentos de soledad, sin el fastidio del ruido, sin apariencias. El mayor contenido de movimiento lo expresa la marea que sube y baja con la espuma de las olas sin fuerza que agonizan en la playa.
La presencia humana es escasa, casi inexistente, muy limitada en algunos casos o reducida a la distancia del gesto, a la sombra, aunque su ausencia evidencia la existencia pasada. Hay escasos bañistas captados a lo lejos, retirados, algunos niños que corren con el chucho en lo que parece ser su morada cotidiana, ajenos al espectáculo del mar, o se expone los instrumentos de trabajo sin los actores, como la carreta de granizadas, o las figuras humanas como sombras junto a los puestos de comida callejera, donde lo que sobresale son las sombrillas y sillas plásticas. La mirada de las escasas figuras humanas se pierde en el infinito.
Lo que se exhibe con toda fuerza son los restos del muelle aún en pie, con su madera floja, dañada, pero aún resistiendo el embate de las olas, el viento y la lluvia, como memoria de los héroes de la tragedia griega, resistiendo toda adversidad. La estructura es humana, es vieja, y por lo tanto nos enfrenta a lo vivencial y al tiempo, que aparece subordinado al pasado, a lo hecho, a la vejez, al olvido.
En medio de la ruina del muelle, el artista exhibe los trofeos de la pesca, como un negocio de cuerpos sin vida (pescados grises) y otros que aún son peces pero están agonizando (con destellos rojos), colgando cabeza para abajo en el primer plano, ante el fondo de la estructura endeble que cruje.
Los detalles de las uniones de la estructura del muelle evocan la fortaleza y los restos o cenizas del pasado, embargados de mar, de sal, de herrumbre, de arena y tiempo. Las impresiones son equivalentes a apreciar el retrato de trabajadores viejos, que no están pero los presentimos. No se muestra la acción del trabajo sino su resultado en el paso de la vida. El oficio del artista apunta a interpretar en cada detalle real su significado y trascendencia.
En esta nueva serie marítima de Moisés Barrios, enfrentamos la realidad desde el lado gris y las huellas, donde se consuma la representación de lo dicho o lo sido, como la revelación de la necesidad de alejarnos del bullicio para escarbar como arqueólogos en las señas de identidad de nuestra nacionalidad.
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